RESUMEN DEL CAPÍTULO 8
El capítulo 8 empieza con una discusión fuera del trabajo de Eun-sang, con ese frío que no solo viene de la noche. Kim Tan está molesto, y no lo disimula. Le pregunta por qué fue a buscar a Young-do a su hotel, por qué se mete en problemas que no le corresponden. Ella responde con la verdad: quería salvar a un compañero de salón. Pero Kim Tan le corta el aire con una frase dura: ese chico no tiene remedio, tarde o temprano lo trasladarán. No hay nada que rescatar ahí.
Eun-sang se queda callada. No porque le falten palabras, sino porque sabe que él tiene razón en algo que odia admitir. Y entonces Kim Tan lanza lo que venía guardando: si no quiere tener problemas sociales, si no quiere que todos hablen, entonces debe asumir lo que siente. Que le gusta. Que sean novios, o algo parecido. No lo dice como amenaza, lo dice como escudo. Él la protegería de los demás, de los rumores, de las miradas. Como si el amor pudiera ser un contrato de seguridad.
En eso suena el teléfono de Kim Tan. Es su madre. Él mira la pantalla y no contesta. Eun-sang lo observa, incómoda. Entonces suena su propio teléfono: es la misma mujer, la madre de Kin Tam. Eun-sang le dice que esa es su respuesta, que ella no tiene opción, que debe contestar. Que esa es la diferencia entre ambos: él puede ignorar a su madre; ella no puede ignorar a su jefa. Ahí está todo dicho, sin discursos grandilocuentes.
Pero Kim Tan le quita el teléfono. Contesta él mismo y le dice a su madre que están en una conversación importante, que llame después. Cuelga. Eun-sang se queda mirándolo, sin saber si agradecer o gritarle. Él no le explica nada. Solo guarda el teléfono y sigue hablando con ella, como si acabara de ganar una batalla que ella ni siquiera sabía que estaban peleando.
Ya en casa, la madre de Kim Tan está desconcertada. Le pregunta por qué respondió él y no Eun-sang. Kim Tan le dice que estaban hablando de algo importante. No menciona la pelea con Young-do en el colegio. No menciona nada. La madre lo estudia con esos ojos que todo lo pesan, pero no insiste. Aun así, algo cambió en el aire: ella ya sospecha que entre esos dos hay más de lo que aparenta.
Los días siguientes transcurren con esa tensión sorda de saber que nada está resuelto. Eun-sang camina por los pasillos como si pisara hielo fino: un paso en falso y todos la verán caer. Su lugar en esa clase rica sigue siendo una pregunta sin respuesta. Nadie la ataca directamente, pero nadie la defiende tampoco. Es invisible porque no saben la razón de porque llegó ella ahí.
Mientras tanto, por otra parte, el hermano mayor de Kim Tan tiene una reunión decisiva con los directivos de la compañía. No hay gritos ni dramas juveniles: hay trajes, carpetas, silencios calculados. Es el otro lado de la historia, el que no pasa por el colegio ni por el corazón, sino por el poder. Y ese lado también avanza, porque uno de los herederos de la compañia es el propio Kin Tan